Larga vida al cómic

Los superhéroes perviven al olvido como iconos de la cultura gracias al modelo de producción industrial que los recicla según le convenga

Por Francesc Zanetti

 

Aunque no me considere un declarado seguidor del cómic, he de reconocer que el influjo de la tira cómica en la cultura contemporánea ha pervivido a lo largo de décadas a modo de fenómeno popular extraordinario en casi todos sus ámbitos de creación: desde el cine a la literatura, pasando por la pintura.

La industria cinematográfica ha sabido rentabilizar como nadie, por ejemplo, la vida de los héroes de la factoría Marvel con los que una buena parte de la humanidad creció, y toda una nueva generación se reconoce ahora en una suculenta operación de revival comercial emprendida a base de explotar desde Thor a Hulk, pasando por El Capitán América.

Podría afirmarse que se mantienen los presupuestos iniciales, pero imitándolos con una intención nostálgica. Se trata de productos que buscan al adolescente que todavía sobrevive en el corazón del adulto. Pero ¿cuál es el secreto de esa eterna juventud del cómic? A mi juicio esa perpetua vigencia –sin entrar en consideraciones sobre sus valores artísticos- se los otorga la misma naturaleza de la creación industrial de la que forman parte como productos de masas.

Hablamos de series y personajes que son propiedad de importantes empresas editoriales, no de autores o creadores individuales, por lo que ese singular procedimiento productivo de obras colectivas en las que distintos creativos se suceden a lo largo de décadas y estéticas, dando forma a una obra reconocible que conserva una unidad a lo largo del tiempo, confiere a esta fórmula mágica un ADN contra el olvido. Esto se manifiesta en diversas estrategias que llevan a la inmortalidad a las criaturas de papel.

La industria es poderosa e impone a las masas sus iconos a base de un marketing voraz que también juega su papel estratégico en el diseño de las operaciones de penetración de los mismos.

Si a estas circunstancias sumamos ciertos arquetipos identitarios que desde sus orígenes han estado vinculados a una más que discutible utilización por los discursos del poder del imperio norteamericano, ¡apaga y vámonos! Por ejemplo, el personaje del Capitán América fue creado en 1941 como un elemento de propaganda durante la Segunda Guerra Mundial, que con el fin del conflicto perdió su popularidad, a pesar de un intento (en vano) de reciclarlo como cazador de comunistas en los primeros años de la Guerra Fría.

Puede decirse que ha dormido aletargado hasta que el pasado año Joe Johnston lo postula como producto cinematográfico, más cerca de la seriedad de El caballero oscuro que de la levedad de Los cuatro fantásticos. La pirotecnia de la industria cinematográfica con su artillería digital y de sublimes efectos especiales, multiplica todos los poderes de los superhéroes que, como no podía ser menos en este siglo multimedia, imponen sus ideales también en las sofisticadas pantallas de los videojuegos de última generación.

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